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16/9/11

Cazarrecompensas

A lo largo de mi corta vida he trabajado de innumerables cosas; he sido cazarrecompensas, exorcista, canguro, crítico...

Hoy, a falta de algo decente que criticar, vengo a comentar la vieja historia de mi trabajo como cazarrecompensas (aka buscar bichos perdidos).

Todo comienza un cálido día de verano. He quedado con un par de amigos y salimos a hacer el gilipollas por ahí cuando de pronto veo algo. Un cartel de perro perdido, nada especial, un can marrón, estatura media, responde al nombre de Peti... ¿cien pavos de recompensa? ¡Imposible! ¡Pero si nunca ofrecen recompensa por éstas mierdas!
Raudo desenfundo el móvil, llamo al teléfono de contacto para informarme y efectivamente, la recompensa son cien pavos. Necesito hacerme con ese perro cueste lo que cueste, así que en un breve ataque de superioridad, arranco el cartel a la voz de "acepto el caso". El resto del día lo pasé recapacitando sobre el paradero del chucho, si llevaba desaparecido más de un día, estaría cerca de alguna zona con comida, como en los cubos de basura, por ejemplo.
Termina el día y sólo me he dedicado a pensar... y a hacer el gilipollas con amigos, pero eso es un caso aparte.

Día uno: Oficialmente es el primer día en que decido salir a buscar, así que me monto en mi chatarra de bici, idéntica a la de Kochikame y a la que me gusta llamar "Bicicletus". Gracias a ella observaría detenidamente cada rincón de éste pueblucho y registraría más rápido los lugares clave.
Salgo tranquilamente buscando por los alrededores de mi morada. No encuentro nada, así que pronto decido buscar por las calles próximas, donde comienzo una redada preguntando a todo el mundo sin obtener ni una sola pista. Esto va mal, muy mal.

Día dos: Sigo buscando, ésta vez me doy un rodeo por todo el pueblo, lo recorro de arriba a abajo para no encontrar nada más que gatos. Cabe recordar que es un caluroso día de verano. Pregunto a todos los domingueros, llamo a timbres, busco en cada rincón... nada.
Cansado, sediento y acalorado, sólo se repite en mi cabeza "Peti, ya no quiero encontrarte... ¡¡QUIERO MATARTE!!"
Tras todo mi esfuerzo, regreso con las manos vacías. Empiezo a perder toda esperanza de encontrar al perro... vivo.

Día tres: Harto de recorrerme la misma ruta de siempre, comienzo a deambular por la autopista. Si el perro había pasado por allí, lo más probable es que estuviera muerto, por lo que debería de encontrar el cadáver de un perro marrón atropellado en alguna parte. Al fin y al cabo, el cartel decía "se ofrecen cien euros a quien lo encuentre" pero no especificaba en qué estado debía estar.
Tras recorrerme toda la autopista arriesgándome a ser atropellado en incontables ocasiones, regreso sin nada. Al poco tiempo me encuentro con un amigo. Por lo visto, había estado en el pueblo vecino, el cual estaba empapelado completamente con los carteles de Peti. Eso explica por qué el único cartel que he encontrado en mi pueblo es el que yo tengo, y por qué estaba al lado de la autopista. Peti pertenecía a otro pueblo, así que yo ya no podía hacer nada.
Tras esto, desolado, regreso a mi poco acogedor hogar, y comienzo a recapacitar si es posible que un perro recorra toda la autopista hasta llegar a otro pueblo sin ser atropellado. Es prácticamente imposible.

A partir de entonces, estuve un tiempo obsesionado con Peti. A menudo incluso me parecía verlo por la calle, pero ésta experiencia me dejó una cosa bien clara, nunca más volveré a hacer de cazarrecompensas.
*Cartel de se busca; águila amaestrada perdida, recompensa: 500€*
O quizás sí.



Mr. Angelu

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